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Dice un amigo que con este año se acaba un periodo y se inicia otro y que para iniciarlo con buen pie hay que dejar lastre, recoger lo indispensable, mirar hacia delante con nueva energía. Me he alegrado de saberlo porque así conjuro el final del 2016.

Sin saberlo, he sentido que he ido dejando lastre estos últimos meses del año y que me he ido centrando en lo importante: en los amigos y amigas que me rodean y requieren mi compañía, en lecturas fundamentales, en la escritura, en mi cuota de generosidad limitada por un tiempo y horario que cada vez rinden menos, en los paseos silenciosos o en los baños en el mar.

En un año en el que Europa se ha cerrado con concertinas, he podido viajar y he visitado Gaza e Irán, dos viajes completamente diferentes. Además he compartido un trozo de mi verano con mis amigos de la universidad y es increíble que se conserven tan bien las mismas complicidades.

Mi mundo no se ha derrumbado. Los valores de mi mundo sí. De hecho llevan décadas flaqueando. Hoy Europa es un caos ético, un espacio en el que los principios que debían prevalecer, han desaparecido. Me avergüenzo de ser europea, ser ser incapaz de cambiar las cosas, de haberme sentido paralizada por tanto desorden moral. El desastre es de tal magnitud que no se puede afrontar con soluciones sencillas, con tics y frases hechas con respuestas de perogrullo. La izquierda europea lo ha hecho reiteradamente con la lógica simplona de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” aunque sea un brutal dictador o un imperialista cruel. Eso me ha hecho sentir más sola, pero no he dudado nunca de que en el mundo no pueden existir paraísos fiscales donde los derechos humanos no tributen, donde la impunidad sea la moneda legal y la ética no tenga lugar.

Al fin este año, he leído más de sesenta libros, he estudiado mucho, muchísimo, he recibido a amigos en Málaga que hacía tiempo que no veía, he viajado, y me he hecho muchas preguntas en mis viajes cuyas respuestas no son fáciles de encontrar. Pero sobre todo he tenido la sensación de que he cambiado muchas cosas, he soltado lastre, me he sentido más libre. Eso sí, he estado a punto de cometer equivocaciones garrafales, pero he tenido manos amigas que me han rescatado del paso que iba a dar.

Aunque tengo quejas interiores y dolores que arrastro ¿qué son mis dolores en un mundo claudicado?. No debo plantear ninguna queja y menos porque el 2017 va a ser un año de cambios, de sorpresas y de esperanza.

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