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Acabó un año especialmente duro para todos, aunque muchos no se han dado cuenta aún. Un año que deberíamos llamar horribilis con todas las de la ley, especialmente la Ley Internacional, la que se escribió y acordó para la protección de los pueblos.

Yo he empezado el año traduciendo – y sorprendiéndome de – la carta de los derechos humanos que escribió Ciro el Grande quinientos años antes de Cristo, aquel rey de reyes escribió con valentía y coraje:

“Soy Ciro, rey del mundo, gran rey, rey poderoso, rey de Babilonia, de las tierras de Sumeria y de Acadia, hijo de Cambises, el gran rey….
Con la ayuda de Azuramazda anuncio que respetaré las tradiciones y religiones de las naciones de mi imperio y que no permitiré nunca que ninguno de mis gobernadores los menosprecie o insulte mientras yo esté vivo.
Desde ahora hasta que Azuramazda me garantice el reinado, no impondré mi monarquía en ninguna nación. Cada una es libre de aceptarlo, y si alguna de las naciones la niega, nunca recurriré a la guerra para reinar sobre ellos.
Mientras sea el rey de Iran, de Babilonia y de las naciones que habitan en los cuatro puntos cardinales, nunca permitiré que nadie oprima a otra persona, y si eso ocurriera, les quitaré el poder y castigaré al opresor.
Y mientras sea rey no permitiré a nadie que se apodere de las posesiones, o de la tierra de otra persona por la fuerza o sin ninguna compensación.
Mientras viva no permitiré que ninguna persona trabaje sin recibir su salario.
Hoy anuncio que todo el mundo es libre para elegir su religión.
Las personas son libres para vivir en cualquier región y obtener un trabajo siempre que no violen los derechos de otros.
Nadie puede ser condenado por las faltas de sus familiares.
Prohibo la esclavitud y mis gobernadores y subordinados están obligados a prohibir el intercambio de hombres y mujeres como esclavos en los territorios que gobiernan. Esa tradición debe ser exterminada en todo el mundo”.

Y hoy, 2017 años después de Cristo no hay un rey que diga que quien no quiera estar bajo su corona, es libre de alejarse; que las personas son libres para vivir en cualquier parte del mundo; que nadie debe ser esclavo y todos deben recibir salario por su trabajo, que cada cual es libre para elegir su religión o que nadie puede ser condenadas por los crímenes o faltas de uno de sus familiares. Esto, es una auténtica declaración que se incumple en todas partes del planeta y cuando leo: “No impondré mi monarquía en ninguna nación. Cada una es libre de aceptarlo, y si alguna de las naciones la niega, nunca recurriré a la guerra para reinar sobre ellos” me vienen a la cabeza las monarquías impuestas y no deseadas que crean conflictos, a veces con un coste humano terrible, como en Siria, y otras conflictos políticos injustos y exageradamente artificiosos como en España.

Cuando leo: “Y mientras sea rey no permitiré a nadie que se apodere de las posesiones, o de la tierra de otra persona por la fuerza o sin ninguna compensación” pienso en Cisjordania, en el expolio de tierras que se hace cada día a los palestinos, en las colonias ilegales, en la pasividad de la Comunidad Internacional. O cuando dice: “Nadie puede ser condenado por las faltas de sus familiares” sigo pensando en Palestina donde las familias de los guerrilleros sufren las consecuencias con las demoliciones de sus viviendas, un castigo colectivo que la ley internacional condena.

Y mirad, a este Ciro, hombre generoso y valiente que no desprecia a otros pueblos aunque sean de otro color y hablen otras lenguas, aunque penetren sus fronteras y se asienten, siempre que lo hagan pacíficamente, mirad y sorprenderos de lo que dice: “Las personas son libres para vivir en cualquier región y obtener un trabajo siempre que no violen los derechos de otros” Mirad y pensad en los inmigrantes que este año han recorrido miles de kilómetros huyendo de una guerra que nosotros podíamos haber evitado; del hambre que podíamos haber paliado; de las dictaduras que nosotros apoyamos. Mirad y pensad ¿es que acaso este año no debe ser llamado annus horribilis? A cientos de miles de personas les hemos cerrado la puerta a una vida digna, les hemos abandonado en guerras injustas o en situaciones límites y se han lanzado al mar para alcanzar nuestras orillas. Los hemos visto llegar, llorar, arrastrase por el campo, morir en cualquier lugar, perder la vida de los hijos o la de los padres, los hemos abandonado en campos de concentración sin ninguna garantía de que tengan lo mínimo para sobrevivir y que se salvaguarde su dignidad.

Si hay alguna palabra que hemos aprendido este año ha sido “concertina” que no hace referencia a ningún tipo de música sino a unas afiladas cuchillas que han sido sembradas por los campos de media Europa para impedir el paso de estas personas. Todos hoy sabemos que es una concertina. Pero hemos seguido mirando para otro lado.

Atender a los refugiados no da votos. Subir los precios de los productos a cambio de que no haya trabajo esclavo, no da votos, cumplir con la ley internacional no da votos, es más, para la mayoría de la población no es una prioridad. Esta es nuestra realidad de este annus horribilis, en el que conculcados por todos los derechos de trabajadores, emigrantes, mujeres, niños, apátridas, ¿qué nos queda para defendernos? Ningún país está hoy en el lugar correcto de la historia. Todos ellos viven con pavor realidades que les les resultan incomprensibles aunque sus ineptos líderes son incapaces de ver que la solución es fácil: recuperar la solidaridad y la justicia, y aún por encima de todo ello y para garantizar que no queden vacíos estos términos, la concepción de que somos un solo mundo, una humanidad, un solo color, una sola lengua.

La esclavitud que erradicó Ciro en su imperio goza en nuestros días de muy buena salud gracias a la magnanimidad de nuestros grandes empresarios dueños de igualmente grandes firmas. Niños, mujeres, hombres viven esclavizados en Asia, África, América mientras nosotros nos servimos de móviles que necesitan coltán para funcionar, y que sale de un país donde más del 15% de sus niños de hasta 14 años son mineros; ropas, zapatos que utilizamos habitualmente, están confeccionados bajo una presión imposible y muchos de los componentes de nuestros ordenadores, realizados por personas que piensan en el suicidio cada día porque no soportan más la presión. Si Ciro el Grande levantara la cabeza lloraría decepcionado ante el grado de inhumanidad al que hemos llegado.

Creo que este año me he acercado poco a esta ventana. Lamento que mi impotencia me haya mantenido en silencio, pero ha sido difícil encontrar palabras ante el hundimiento total de todos los valores que llevábamos prendidos en el pecho como las estrellas de un general después de haber ganado la guerra. Ver la destrucción anunciada de Siria, la huída masiva de pueblos enteros y cómo nosotros les hemos cerrado las puertas me ha dejado paralizada. Ha sido Europa entera, incapaz de encontrar una solución ni humanitaria ni diplomática, ni aquí ni allí quien ha fallado completamente. Hemos tenido al peor Secretario General de Naciones Unidas, apático y catatónico, incapaz de lanzar propuestas y llamar al orden. Tenemos a los peores líderes políticos posibles: cínicos, mentirosos, mezquinos, mediocres. Y una ciudadanía que parece que no le importa que se hunda el barco.

Pero en el barco vamos todos, solo que parece que ante el escoramiento del barco debido al  peso del dolor producido por las guerras y  los conflictos la humanidad responde como si estuviéramos ante una ola más grande que las demás. Pero no, el peso del dolor hundirá el barco, en el que viajamos todos definitivamente, solo que no queremos verlo. Casi como en el Titanic: queremos que siga la música y cuando dentro de unos años, esa generación de niños golpeados por la guerra y la desesperanza nos pidan cuentas, seguiremos sin entender de qué va esto de un mundo globalizado y nos creeremos la víctima. Querremos creer que el cordero mató al lobo. Y no.

Muy difícil escribir con este panorama.

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