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No es cierto que nos conmuevan. No, si así lo fuera nos sentiríamos desbordados, pero frente a unos pocos que se manifiestan con una enorme pancarta pidiendo el cierre de las fronteras, hay una mayoría silenciosa que piensa lo mismo, que no quiere dejar un hueco para los otros, que contemplan impávidos y ausentes el drama que vive nuestro mundo aunque estén a la puerta de nuestras casas.

No, no es cierto que nos conmueva. Desde hace siglos se han trabajado nuestras mentes para que tengamos un sentido patrimonialista del planeta. Si necesitamos petróleo, diamantes, coltan, oro, cobalto, uranio, gas, lo cogemos sin permiso. Si nos ponen trabas, les armamos y les organizamos una guerra y unas redes de contrabando que nos  garanticen lo que queremos. Somos imparables.

No nos conmueve porque no queremos saber siquiera qué les pasa; quiénes son; qué nombre tienen; cómo son sus sonrisas; qué estudios tienen o quieren tener; como eran sus casas y sus familias o en qué trabajaban.

Muchos de los que recorren Europa sin nada en la mochila son profesionales, gente respetada que tenían casa, familia, relaciones sociales, un reconocimiento en su comunidad, gente que pagaban sus impuestos, tenían comercios, un coche en la puerta, llevaban a sus hijos al colegio y pensaban en el futuro. Como nosotros. Hoy no son nada y procuraremos que  se sientan así para que nuestras migajas les resulten más golosas.

Pero no nos conmueve porque no solo les hemos quitado sus recursos y no queremos sentirnos culpables por ello; no solo porque hemos fomentado guerras lejanas para destruir su futuro, no solo los hemos tomado por locos cuando se han levantado pidiendo democracia y libertad, sino que para que todo ello se haga con rotundidad y sin dolor propio, les hemos desvestido de su humanidad.

En las fotos no vemos a personas con nombres y apellidos, con sentimientos, con sueños, con necesidades vitales, con miedos, con esperanza. No, solo vemos un ente llamado “inmigrante” o “ilegal” o “moro” o “extranjero”. Alguien que ni es de aquí  ni debe optar a desear lo que nosotros tenemos y lo que somos. Porque para eso, previamente, no solo los hemos convertidos en infrahumanos, sino que nos hemos apropiado del planeta, su país, el nuestro, todo el planeta, con lo que eso significa. No nos importa si para conseguir los recursos hay que matar, dar golpes de estado, armar a líderes sanguinarios y corruptos, si con ello conseguimos que nuestra forma de vida siga tal cual, avanzando adecuadamente, si podemos consumir lo que deseamos, cambiar de modelos de teléfonos, televisiones, ordenadores y todo tipo de pantallas que, por cierto, no nos sirven para conectarnos con el mundo, sino para hacernos con una realidad virtual que nos aleja de los demás. No nos importa porque no nos perturba.

No nos perturba porque, además, para algunos, incluso hay razones geoestratégicas para justificar las guerras, y esto es lo más vergonzoso de todo porque para este grupo de personas la cultura, el pensamiento crítico, la razón, son una parte de su vida de la que hacen gala. Justifican sin rubor que haya regímenes que violen los derechos humanos, como si hubiera una parte del Mediterráneo donde pudieran morir los niños justificadamente.

Si alguien pensaba en Europa que el mundo podía seguir así eternamente, es que no sabe nada de historia y mucho menos de la férrea voluntad de supervivencia que tienen los seres humanos, porque sí, estos que llegan a nuestras concertinas a romperse las manos, estos que saltan a los mares en barcas rudimentarias, son seres humanos, no infrahumanos, no simplemente inmigrantes, son personas que merecen un lugar en el paraíso, un lugar en la tierra, una casa segura, un futuro seguro.

Os voy a contar la historia de las personas que aparecen en la foto: La mujer se llama Fatima y el hombre Ismael. Vivían cerca de Palmira, tenían una casa grande y unas tierras con muchas palmeras. Ismael es cristalero e instalador de ventanas. Además sus padres tenían un comercio de ferretería en su pueblo, así que sabe un poco de todo. El pequeño que tiene Ismael en sus brazos tiene apenas 20 meses, nació en plena guerra y le asustan los ruidos. Cada noche tiene pesadillas. Se llama Sami y tiene los ojos verdes de su padre. Fatima lleva en la cabeza el último pañuelo que le regaló su madre antes de marchar. Ya no se lo quita porque durante la marcha, alguien, en el camino, le ha dicho que han bombardeado su pueblo y no tiene noticias de sus padres desde entonces. Los ojos de Fatima se han hundido, pero siguen siendo preciosos y se enternecen cuando mira su pequeña familia. Fatima trabajaba en la oficina de correos de su pueblo y era una buena empleada pública. Habla perfectamente francés, la lengua de los colonizadores de la “Gran Siria”. Escaparon de allí aterrados cuando mataron a  Jaled al Asad, el arqueólogo de Palmira, y han recorrido miles de kilómetros buscando un lugar donde vivir en paz sin que lo hayan encontrado desde entonces.

Ahora son solo un número, son inmigrantes, ilegales, sin papeles, sin futuro, nadie les espera, nadie les quiere. Sin embargo la guerra que hay en su país la podían haber evitado desde Europa, pero no se hizo nada. No importó que las Primaveras Árabes fracasaran, es más, se trabajó para que no triunfara la democracia en países donde robar los recursos sólo se puede hacer con gobiernos corruptos. No importó que se asesinara a líderes democráticos, que se dieran golpes de estado, que se rompieran los países en guerras cruentas, que se destruyeran las ciudades. Durante estos cinco años hemos contemplado impasibles la esperanza y la desesperanza, las revueltas democráticas y los golpes de estado; la ilusión de la paz y la aparición de la guerra. Impasibles, creyendo que no se atreverían a cruzar el Mediterráneo, a caminar miles de kilómetros a llegar a nuestras fronteras. Pero ahí están, y ni siquiera vienen a señalarnos con el dedo acusador, pues vienen cansados y se consolarán con poca cosa.

En ese limbo en el que se encuentran, hoy Fatima es mi hermana y me siento en la obligación moral de ayudarla. Ella y su familia no se quieren quedar aquí, pero no volverán hasta que no puedan vivir con normalidad y esperanza en su país. Yo debo ayudarles. Todos debemos ayudarles.

Como ellos, casi todos, preferirían seguir en su país y no morir en el mar, no dejar la piel en las concertinas, no sentir la asfixia de los botes de humo, el frío de las tiendas de campaña, la tos incesante de los niños que cogen frío en las inhóspitas fronteras europeas.

Dentro de una semana, cuando salgan los santos en procesión por las calles de este país, mucha gente llorará emocionada. Muchos de ellos, simplemente, no querrá que le recuerden que la verdadera procesión, la que nos debe hacer llorar no es la de las tallas de madera, sino las de piel, carne, corazón que camina hacia nosotros con coronas de espinas a modo de fronteras.

A la vuelta de las vacaciones, miraremos con horror nuestras oficinas, calcularemos lo que nos queda hasta la próxima salida y seguiremos evitando cruzarnos con ellos o con las fronteras terrestres colmadas de concertinas “made in Málaga”.

 

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