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Cuando pienso que hay tanta gente por los caminos de Europa buscando refugio y una vida digna, pienso que la tierra va a perder su equilibrio cósmico y volcarse por el peso de tanta desgracia y tanto dolor. Pienso que las aguas del Mediterráneo son más saladas por las lágrimas de los que ven morir ahogados a sus familiares y por las de aquéllos que lloran de puro miedo. Pero también pienso en el dolor acumulado en las tierras de Oriente y me apena que ese dolor no tenga una voz y no se convierta en un grito enorme que nos despierte de nuestra impasibilidad. Pero ni el dolor pesa, ni se convierte en un grito. No existe ni siquiera un murmullo planetario de las plegarias infinitas, de los ruegos constantes a los distintos dioses, de las palabras de consuelo de las madres a los niños. No tiembla el planeta cuando tiemblan los niños, lo cual demuestra que, a pesar del movimiento de rotación, traslación, precesión, nutación, el movimiento polar o las variaciones orbitales, la tierra responde únicamente a fuerzas externas y no a las catástrofes propias generadas en su epidermis.

Cuando pienso que tanta esperanza unida no es capaz de romper las alambradas, abrir las carreteras, abordar los trenes y sortear los mares, dudo de que la humanidad tenga salvación porque ese tsunami debería acabar con los muros más altos de la tierra, en Palestina, en Melilla o en el corazón de Europa, y porque tiene la capacidad de cambiar el mundo de un plumazo, pero mientras ven los coches correr a su lado por las amplias carreteras, ellos saben que sus pasos les llevarán al mismo lugar, que no es necesario correr, que solo es necesario continuar, no desfallecer, no perder la esperanza de la justicia.

Desde hace ya casi tres cuartos de siglo, Palestina se desangra. Desde hace ya casi cinco años lo hace Siria. No son los únicos: varios gobiernos derrocados, presidentes asesinados, reiterados golpes de estado y guerras civiles han dejado a la mayor parte de la población del Mundo Árabe en la casilla de salida que alimentó e inspiró la Primavera Árabe: sin trabajo, con los precios de los alimentos básicos sometidos a la especulación bursátil, sin libertades ni derechos democráticos y sometidos a cruentas represiones.

Cansados de ver nuestra apatía, han sido ellos los que se han movido, han abierto el camino, nos inundan con su cautivadora terquedad mientras se nos acercan sin siquiera señalarnos con el dedo y acusarnos:

“vosotros recibíais con honores a nuestros dictadores y aun lo hacéis”;

“tú te callaste mientras nos bombardeaban”;

“tú fuiste cómplice de nuestra ruina”;

“tú vendiste las armas que nos mataron”;

“tú especulaste con nuestro futuro”;

“tú miraste para otro lado cuando nos torturaban y asesinaban”;

“tú no escuchaste el llanto de los niños”.

Al contrario, se acercan  con ramas de olivo en las manos, deseando solo un futuro y un presente, a la vez que se saben sometidos a la pérdida de su identidad de “vecino de“, “de la familia tal“, “afamado profesional“, “respetados en“, para asumir una sola escueta y paupérrima identidad, la de inmigrantes o refugiados a la que le añadirán adjetivos que señalan la diferencia, la sospecha, el miedo, y que, por tanto, para ser considerados simplemente refugiados con derechos han de saltar un millón de dificultades más.

Y todo esto porque la tierra no tiembla ni se vuelca cuando millones de seres humanos se mueven de un continente a otro. Porque  no se escucha el rumor de los llantos de los niños ni el atroz sonido de las explosiones; por que el dolor no cubre nuestros cielos como lo hacen las nubes; porque la sangre no ha llegado a cubrir el mar. Por eso nosotros amanecemos igual un día que otro, sin remordimientos, sin dudas, sin mayor reflexión. Y nos permitimos dudar, sospechar, excluir, maltratar, calificar, expulsar, rehuir a los que vienen a nosotros buscando un poco de esperanza, y corremos con nuestros coches por las carreteras mientras los vemos avanzar lentamente hacia nosotros por el arcén de nuestro mundo.

Pero un día, todas estas personas, hoy obviadas, arrinconadas, olvidadas por los medios de comunicación, se sentarán con nosotros en cualquier lugar, en un bar, en una plaza pública, en una escuela y nos mirarán a los ojos y nos dirán: “No queríamos dejar nuestro país y nuestra tierra, pero vinimos porque no se conmovía vuestro corazón; porque os daba igual nuestra guerra y nuestra muerte; porque nos habíais olvidado. Y aquí estamos para recordaros que el mundo, la esperanza, la justicia es de todos y deben ser repartidos por igual y mientras que así no lo sea, no habrá alambrada, muro, cerca, foso, que nos pare, porque somos como el mar mismo azotado por un tsunami: imparables.”

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