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La resistencia es el espíritu palestino. La resistencia desarmada, vital, armada de futuro, la de todos los habitantes de Gaza, la de cada día. Es la esencia de la personalidad individual y colectiva de un pueblo que lleva ya muchas décadas ocupado y, aún más sólo conoce su historia bajo la hégira de sucesivos dominios extranjeros. La memoria está compuesta de eslabones de una cadena que se pierde en el tiempo y que la ata a otras lenguas impuestas, otras costumbres, y al expolio constante de recursos de todo tipo. Por no decir guerras, muertes, exilios. En el ADN y en la piel de los palestinos existe esta oscura memoria de ocupaciones que dan, como consecuencia, su capacidad de resistencia, su fuerza y su supervivencia. Aislados y olvidados de los gobiernos, exiliados y deportados, refugiados y asesinados, los palestinos no han perdido nunca el norte de su identidad ni el norte de su dignidad y cada día, cuando se levantan, cuando salen a faenar al campo o a la mar, cuando se enfrentan a las dificultades cotidianas, lo hacen con una generosidad de espíritu y con una valentía que decir, simplemente, que son dignas de admiración, suena a frase hecha; pero es así: es un espíritu, una forma de encarar la injusticia y de ansiar con vehemencia el futuro. Cuando comenzó la segunda Intifada recuerdo una presentadora de la televisión palestina que, a pesar de que cada día las ofensivas militares eran más irracionales y más salvajes, a pesar de que los medios de comunicación estaban expresamente en el punto de mira, ella se maquillaba como cada día para tener el aspecto que le gustaba: el de cada día, reposado, animoso, fuerte, y recuerdo que esa actitud no era ni siquiera fácil de mantener en una situación de carencia de agua, de electricidad, de precariedad total en la supervivencia diaria. “Es mi forma de resistir” – dijo – asegurando que su forma de mantener esa entereza ante las cámaras era, en sí misma, una forma de enfrentarse a la brutalidad salvaje de la ocupación. En otra ocasión, en Gaza, nos llevaron al hangar donde se guardaban los restos de los helicópteros del gobierno de Arafat que Israel se apresuró a bombardear. “Los harán funcionar otra vez” Nos dijeron. Y si no lo consiguieron, utilizarían cada una de las piezas para hacer funcionar cualquier otra cosa necesaria que hubiera sido destruida o dañada. Como cirujanos, miríada de hombres, examinaba las piezas con cuidado, diseccionaban los aparatos, los engrasaban los ensartaban unos con otros y los volvían a hacer funcionar en algo beneficioso para la comunidad. A fin de cuentas, Israel en ese momento, ya había decidido que nada sobrevolaría Gaza ni el resto de Palestina salvo su propio arsenal de guerra. Más conmovedor fue descubrir, entre bloques destrozados por los bulldozers y los tanques, entre los restos de las viviendas, zapatitos pequeños, restos de libros y juguetes, restos de las vajillas de las casas, a un hombre que cuidaba una esquina de un jardín que había quedado sin destruir a la sombra del único bloque de viviendas que quedaban de ese barrio en Rafah. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo aún, nosotros andando por los escombros, testigos del insólito castigo palestino y del desprecio a la cooperación internacional que había construido ese barrio completo, y, entre los restos, entre los esqueletos silenciosos de los edificios bombardeados sin piedad, un pequeño triángulo verde, un árbol, unas rosas y un hombre que los cuidaba y regaba. Un hombre que, sin embargo, sería consciente de que su jardín y su vivienda correrían la misma suerte y que, a pesar de ello utilizó la misma expresión que la periodista cuando nos acercamos a hablar con él “es mi forma de resistir, de demostrar que amamos la vida a pesar de todo“. Los palestinos han combatido el encierro con enorme creatividad y con una red social fuerte y coherente. Si no hay otra cosa, se utilizan las piedras de las playas para construir sus casas; los restos de edificios bombardeados se reutilizan, se desprenden los cables, los trozos de metal o madera, se trituran los restos de hormigón. En poco tiempo, todos los materiales tienen un nuevo uso. Esta tozudez saca de sus casillas a los ocupantes, que quisiera ver, en su lugar a un pueblo desesperado, débil, derrotado. Pero nada más lejos de ello. En ningún ataque, como en este, he visto tanta gente subirse al esqueleto de edificios bombardeados, y, aprovechando el techo que les ampara, colocar unos pocos muebles y contemplar, con algo de sosiego una puesta de sol después de una guerra, haciendo de su cotidianidad una obra de arte y de amor a la vida. Las fotos de niños recién nacidos en medio de una celebración inmensa, risas, flores, lazos de colores, globos, palmas, es una afrenta al asesino, que no consigue nunca acabar con la fuerza de la vida. Nadie lamenta que estos niños vengan al infierno. Nadie; porque nacer, en Palestina, lejos de ser una condena para ellos, es el supremo acto de resistencia, es su bandera, es su esperanza. Estos días se ha celebrado la graduación correspondiente a los alumnos que finalizaron en junio la universidad. Muchos de ellos han llevado las fotos de los compañeros que quedaron sepultados bajo los escombros de otros barrios  y de otro nuevo ataque a Gaza, o de caídos en combates desiguales. Han desfilado, pues, de dos en dos para recibir sus títulos, para recordar al ocupante que están allí porque forman parte del espíritu palestino de resistencia. También, en ese mismo acto de graduación, se ha reconocido la trayectoria de Raji Sourani al frente del Centro Palestino de Derechos Humanos en un acto donde sobre las togas universitarias destacaban pañuelos palestinos, y sobre el ambiente una música alegre y genuina hacía ondear las banderas palestinas en un marco identitario y de resistencia, no solo de reconocimiento universitario. En la calle, los cientos de edificios destruidos serán reconstruidos poco a poco, las calles se irán limpiando, los muertos se irán enterrando, y las escuelas, una vez más, serán cualquier lugar donde quepan unas líneas de humildes pupitres. Los niños no perderán ni un día más de los necesarios por esta maldita guerra y esta pertinaz ocupación. Acostumbrados a resistir, resisten ya hasta la enfermiza indiferencia exterior y se valen de sus sonrisas y del brillo de sus ojos para demostrarnos que no están derrotados, a pesar de que la presencia de unos pocos internacionales solo les demuestran que están solos ante el reto de su propio futuro. Pero con esa misma sonrisa que te demuestran que no están vencidos, te demuestran también que son conscientes de que la razón está de su parte, que la civilización,  está de su parte, frente a la barbarie de la guerra, la destrucción y la imposición de la fuerza. Acostumbrados a resistir,  nos dan lecciones de coherencia y dignidad, al no dejar su futuro en manos de nadie, a no ceder a la desesperanza ni a la pasividad, al recordarnos cada día la importancia de la memoria. Memoria de la guerra, memoria de flores que existieron, memoria de atardeceres desde los escombros de las casas. En el otro lado de la frontera la decencia ha perdido la batalla y va en retirada. POr las calles de Tel Aviv o Jerusalén salen grupos de hombres adultos por las calles coreando “muerte a los árabes, muerte a los árabes, muerte a los árabes” sin que nadie los pare por semejante apología del terrorismo, ni les interpele la policía. Ciudadanos de Sderot han estado saliendo todas las noches de este tórrido verano a contemplar los bombardeos desde las colinas mientras fumaban shishas, comían palomitas de maíz o retransmitían los bombardeos por sus móviles inteligentes. Otros, más activos, secuestraban a un niño palestino del Jerusalén ocupado y lo quemaban vivo. En Israel son excepcionales y raros por escasos, la solidaridad y el sentido común. Pero, eso sí, hay muy honrosas excepciones. Pero Israel tiene un problema enorme que no quiere ver, y es la enorme carga de violencia, destrucción e injusticia que está produciendo simplemente por el hecho de existir en las coordenadas ideológicas que se ha ido creando paso a paso. Un colonialismo basado en la falacia religiosa, la apropiación de bienes, la ocupación de casas y tierras por parte de civiles armados como las bandas fascistas de toda la vida y, en aún mayor medida, por parte del estado. Un estado consagrado sobre el altar del apartheid, el racismo y la exclusión. En ese lado de la frontera las únicas razones que prevalecen son la fuerza y la violencia, aunque, eso sí, con la complacencia y el silencio de la Comunidad Internacional que ha hecho del “derecho a la defensa” una auténtica cortina de humo y del derecho internacional un papel mojado. Frente al arte de revivir, reconstruir y soñar que, a fuerza de años han conseguido los palestinos, está, al otro lado de la frontera de Gaza y Cisjordania, el lamentable estado del alma del robo, el odio, la miseria y la pérdida del norte en un enfangamiento moral con pocos precedentes. El problema de Israel es que en ese enfangamiento semejante solo puede encontrar su propia autodestrucción.

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