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DSC05831No soy, ni quiero parecer que sea experta en Patrimonio. Pero en la situación que estamos en Andalucía, me duele la constante pérdida del mismo y su parte de historia. Y si bien parte del patrimonio urbano es más conocido y más protegido, el patrimonio rural a lo largo de la historia, sigue perdiéndose sin que nadie se inmute por ello.

A poco que alguien se mueva por Andalucía se verá impedido a visitar mucho de este patrimonio estupendo por decenas de alambradas, cadenas y barreras de todo tipo. No es de recibo. Muchas de estas barreras son injustificables hasta el punto de cerrar vías de acceso, caminos y coladas o cañadas ganaderas que son públicos. Hace poco, el intento de llegar a ver el Dolmen del Gigante y el de la Giganta en la serranía de Ronda se convirtió en un acto de ocupación e invasión de tierras. En una acción de desobediencia civil. Ni siquiera hay indicación en la carretera y si la hubo, la retiraron los dueños de la tierra. En el municipio de Cortes, la preciosa curiosidad de la “Casa de Piedra” con un altar labrado, en la actualidad sirve de refugio de las cabras de un cabrero que se ha ocupado de arrancar la indicación de la Junta de Andalucía que había junto a la Calzada Romana por la cual se llega a ella.

Frente a la explotación obvia y desmesurada de La Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba como reclamo patrimonial, yo reclamo que se ponga en valor  todo el patrimonio histórico de Andalucía, que es mucho y proviene de miles de años. Si no, el que ha visto la Alhambra dos veces puede creer que ya conoce Andalucía. Y no. Yo reclamo el Patrimonio de la Memoria de la Guerra Civil y la represión en Andalucía. Es indignante que la Junta de Andalucía se refiera a  La Sauceda, bombardeado por la aviación nazi y lugar infame de la represión de las provincias de Cádiz y Málaga, como un “Área Recreativa”, en lugar de un lugar para la memoria. Ambas cosas, además, son compatibles, aunque hubiera obligado a respetar las ruinas de los edificios que quedaron en lugar de convertirlos en merenderos. No era necesaria tamaña falta de respeto. Hay además de las fosas, trincheras como las de Peñarrubia, en Málaga o cortijos, como el Marrufo, donde encerraron y asesinaron a cientos de ciudadanos republicanos y que no están señalados en ninguna carretera ni en ningún mapa. Pero es parte de nuestra historia y deberíamos recobrarla.

Historia nuestra también es el patrimonio industrial perdido que ha dejado enormes y preciosos edificios dignos de conservación y que también están al pairo de cualquier expolio y uso indebido. Las azucareras, los ingenios de azúcar de caña, las harineras y molinos, fábricas de salazones y muelles. Las Canteras de San Cristóbal, entre los municipios de Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María,  que en su día fueron visitadas por el rey Alfonso XIII y que tenía vocación de convertirse en un lugar espectacular,  hoy están convertidas en estercoleros y corrales para animales.

Pero hay algo que, simplemente, parece no merecer protección porque no ha sido morada de reyes, ni de princesas y ni de señores de la tierra, porque forma parte de la cultura popular, de gentes que no han pasado con nombres y apellidos a nuestra historia: cuántos molinos que ya no muelen a orillas de arroyos, palomares cuyas únicas palomas son las que buscan refugio eventual, puentes que han sido sustituidos por otros mejores, Ventas, que forman parte de la estructura de carreteras y caminos reales de Andalucía, construcciones rurales como los cascaderos de Málaga o los secaderos de tabaco que forman parte de la historia económica de las pequeñas colectividades humanas o de los grandes propietarios de la tierra y que languidecen escondidos sin que apenas se conozca su existencia y se pierden, se están perdiendo porque el tiempo pasa por ellos sin que se revisen las estructuras, los daños de las riadas o lluvias, los tornados y los vientos.

En fin, yo no se casi nada de esto, entre otras cosas porque nunca se estudia gran parte de nuestro patrimonio, porque siempre entendimos que con La Alhambra, en Andalucía teníamos bastante. Pero lo que sí sé, es que una vuelve llena de nostalgia e impotencia al ver que no es solo un edificio o un lugar el que se pierde, sino decenas, cada día, un patrimonio que nos haría infinitamente más ricos en memoria, historia y sabiduría. Pero eso a los gobiernos no parece interesarles. Pero ¿Y a nosotros?

 

 

 

 

 

 

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