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Los ciudadanos del mundo estamos bajo el shock de un apagón moral. No nos enteramos, pero es así. Hace unos días nos llegaba desde Gaza una reseña del asedio de Gaza con el título “Apagón mortal”. En él se relataba especialmente cómo los enfermos y el personal sanitario tienen que hacer frente al corte frecuente de electricidad que ponen en peligro el funcionamiento de incubadoras, máquinas de diálisis, salas de operaciones, y en riesgo de pérdida cualquier medicamento o recurso que necesite estar refrigerado para su uso.

El apagón afecta también a los estudiantes, que tienen que abrir sus libros bajo la tenue luz de las velas, si es que las hay. Yo conocía casos de palestinos que, antaño, estudiaban en el suelo junto a una farola de la calle porque no tenían luz en las casas. Pero ahora no la hay en ningún lugar. Conozco Gaza a oscuras. La he visto varias veces. La gente se mueve con cautela, la vida es difícil. Las familias que viven en bloques de viviendas tienen que subir por las escaleras, que tampoco tienen luz. Tengo amigos que viven en esos pocos bloques altos que a veces se ven por la tele. Son pisos normales que necesitan electricidad como todos los pisos de nuestras ciudades: para calentarse, para cocinar, para ver. No son cuevas donde puedas poner leña en el suelo. No hay cocinas de carbón (tampoco hay carbón en Gaza). Tienen niños que necesitan un vaso de leche caliente o agua para lavarse. Si no hay combustible, no hay nada de esto. Muchas familias abandonan a temporadas sus casas y van a vivir con familiares a lugares más accesibles, sin tener que subir los bebés 11 ó 12 plantas y llegar sin resuello para encontrar que no hay luz, no hay agua, no hay nada. Nunca saben cuándo será la última vez que abandonarán sus casas.

En el 2006 Israel comenzó una guerra contra Gaza que continua de forma ininterrumpida. Las fronteras se cerraron. Al principio y debido al acuerdo previo, la Unión Europea se hizo cargo de la frontera de Rafah, pero pronto abandonaron sus compromisos con miles de excusas y acabaron volviendo a Europa. Desde hace años ni siquiera se habla de ellos y de su responsabilidad. ¿No piensan volver?. Lo mismo hasta cobran por ese empleo, a pesar de que no lo ejercen.

Los cierres en Gaza significan falta de alimentos básicos, de medicamentos, de combustibles de todo tipo, de materiales de construcción, de repuestos, de todo: Faltan hasta el hastío. Faltan hasta el crimen. Ehud Olmert, en el 2006, aplaudió a su asesor cuando éste dijo: “los palestinos no morirán, pero los haremos adelgazar”. Ese verano Israel bombardeó por primera vez la única central eléctrica de Gaza y el único molino de harina. Si con un ataque dejó a la población sumida en la oscuridad, con la otra los sometió al hambre. Ese verano atacaron la universidad, bombardearon los puentes, viviendas, fronteras, el aeropuerto… En el 2008 Israel declara Gaza como “entidad enemiga” y a todos sus ciudadanos como “enemigos no combatientes” sustituyendo al concepto genérico y global de “población civil” y al de “población protegida” dispuesto en las Convenciones de Ginebra. La declaración de “entidad enemiga” daba carta de naturaleza a los cortes de suministros energéticos de cualquier tipo o al del agua potable. Declarando Gaza “entidad enemiga” se le puede atacar sin pudor, se le puede ocupar, se puede asesinar. La declaración de “enemigo no combatiente” dejaba la población de Gaza desprotegida.

Desde que los colonos se fueron de Gaza, este territorio ha permanecido sometido a la arbitrariedad de Israel que nunca, nunca, ha optado por la paz ni por el reconocimiento de un estado palestino. Los cortes de luz y de suministros se han generalizado. La población vive dependiendo de generadores, si pueden hacerse con ellos; las bombonas de gas se recargan en el momento y se reparte el gas que hay: media botella, un cuarto de botella… lo que haya para que la gente pueda cocinar algo o calentarse.

El ideólogo de la guerra Asa Kasher, que viene a España a darnos lecciones en un seminario del Ministerio de Defensa justifica esta guerra y prevé que las formas brutales de guerra que impone Israel a sus vecinos, serán el modelo de guerra, y las justificaciones de las que se sirve Israel, serán, en el futuro, justificaciones universales. Ellos acabarán con la legislación internacional y con las Naciones Unidas, un sistema “obsoleto” según su punto de vista.

Gaza no es más que un laboratorio a exportar donde se ha calculado la tolerancia de la Comunidad Internacional: cuántos muertos aguanta sin abrir la boca; cuántos asentamientos sin enterarse; cuántos bombardeos sin pestañear. Gaza es un laboratorio: cómo se entra en una casa, cómo se culpabiliza a la población del destino que corre, cómo se viola la correspondencia, cómo se cortan las comunicaciones, cómo se somete a una población al asedio sin que nadie, nadie se mueva.

Una vez que todos estos hechos forman parte de lo cotidiano, que ya no son noticia, que ya no son ni siquiera condenados, sus ejecutores e ideólogos pasan al siguiente movimiento: el reconocimiento de este tipo de guerra sucia y de crímenes de guerra como algo aceptable para la Comunidad Internacional en su lucha contra el llamado “terrorismo islámico” o “terrorismo” a secas. Por que, ¿Qué hacen en nuestro país criminales de guerra y los ideólogos del apartheid?, ¿es que es legítimo el asedio a Gaza, las guerras, los asesinatos selectivos, el cierre permanente de fronteras, los castigos colectivos? Nada de eso es legítimo ni moralmente aceptable, o al menos no lo era, aunque el gobierno español le da carta de naturaleza, los acepta, considera estos crímenes como aceptables. Pero Gaza tampoco es el único laboratorio, el Mundo Árabe y toda África es un campo de pruebas, un  territorio minado para los indígenas, lugares sin leyes ni derechos sometidos a procesos de colonización similares a los de los Territorios Palestinos: existen autoridades, pero ellas no pueden ni proteger a su población, ni su territorio, ni sus bienes naturales.

En nuestro país no viene un buldózer a tirar las casas, sino que viene un banco y se lleva las llaves. La gente queda igualmente en la calle. La legitimidad en ambos casos es inexistente, aunque ambos estados se la buscan y quieren convencer a los ciudadanos de ello. Mientras que a los campesinos palestinos les quitan las tierras, aquí las tierras llevan siglos perteneciendo a unos pocos y los olivos, a cuya sombra descansan un rato los jornaleros en la época de la recogida, dan su sombra y sus rentas a aquéllos que nunca doblaron la espalda ni para oler el perfume de la tierra. Los procesos de desposesión y de acumulación de riqueza siguen un ritmo uniforme y sin paradas en todo el mundo.

Pero en este apagón moral, queda una pieza del puzzle por colocar: el activismo que hace frente a estos desmanes, que batalla por mantener índices de justicia social aceptables, que cuestiona el poder y lo pone frente a sus contradicciones. Esa gente irredenta que pone el dedo en la llaga y te señala si hace falta.  Para esta gente, hay también una gran dosis de desposesión: aumenta el horario laboral de unos y expulsa a la calle  y deja sin empleo a otros; sube los precios de los bienes básicos, encarece la vida, procura que lean poco y que los libros sean caros; hay que hacer que todo más difícil en sus vidas y así, el nivel de activismo bajará enormemente porque la vida cotidiana de quienes dedicaban una parte importante de su tiempo a hacer frente al poder con todas sus consecuencias, les obliga a hacer malabarismos en el abismo.

En un futuro quizás alguien pensará que esta generación no hizo nada. Yo no sé. Nos equivocamos mucho aunque luchamos por un mundo mejor hasta que nos quitaron la vida por decreto: decretos horarios, decretos salariales, decretos de reajustes…  nos culparon de nuestros dispendios, nos hicieron creer que merecíamos este castigo. Pero esto no es más que la recreación de 1984 de Orwell: pobreza, falta de libertades, control absoluto de los individuos. Lo peor de todo es que los sindicatos no se dan cuenta, la izquierda no se da cuenta, la gente no se da cuenta. Este apagón moral es una guerra, una guerra contra todo y contra todos y nosotros seguimos colgados en nuestras pequeñas y cotidianas esperanzas.

Maldigo la esperanza que nos mantiene en pie, pero no nos levanta.

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