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Hace unos meses envié a Ameer Makhoul el libro ” El Laberinto Español” de Gerald Brenan en inglés. Me parecía que era un libro que podría disfrutar y distraerse del lento paso del tiempo. Ameer ama nuestra tierra, especialmente Andalucía. Como otros palestinos, sienten que el paisaje y los olores son los mismos; que las lluvias caen allí como aquí , de la misma forma, que brotan las mismas campanillas amarillas por los campos y los bordes de la carretera y que sus montes son como los nuestros. Ellos ven allí florecer los almendros a la vez que nosotros en Andalucía; recogen a la vez las aceitunas y las granadas y usan las mismas ropas de abrigo que nosotros, pues el clima también es similar. A mi me sorprendió mucho sentir las mismas similitudes mirar a una tierra que, si no fuera por los check points, por la constante presencia de torres militares y de soldados, si no fuera por tanta sangre, sería casi como Andalucía. Ameer se sentía bien en Andalucía, y como otros palestinos, percibían que su vida, sin la ocupación y el apartheid de Israel, sería muy parecida a la nuestra.

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Cuando hace meses envié este libro, ya me había cerciorado que Gerald Brenan no era un escritor proscrito en Israel, como lo es, por ejemplo,  José Saramago, por su crítica a la ocupación y cuyos libros fueron retirados de las librerías. Pensaba que un libro que puedes encontrar fácilmente en una librería sería igualmente fácil de enviar. Pero no. Porque se me olvida citar el detalle más importante de esta historia: Ameer Makhoul, director de la Red de Organizaciones Árabes en Israel, es preso de conciencia y está en las cárceles de Israel desde hace ya más de tres años. La última vez que lo vimos fue en Jerusalén en abril de 2010. Él estaba planeando volver nuevamente a España. Al mes, en mayo, cuando intentó salir, en la frontera las autoridades israelíes le retuvieron el pasaporte y poco después irrumpieron en su casa, destrozándolo todo, llevándose todos los ordenadores, y llevándoselo también a él. Entonces lo acusaron de espionaje, aunque las pruebas nunca fueron públicas ni para sus abogados “por motivos de seguridad” y aunque era público y notorio que era por su militancia y su actitud de resistencia ante el apartheid y la discriminación permanente de los palestinos dentro de Israel, por lo que, la única democracia de Oriente Próximo (como les gusta llamarse a sí mismos) le detuvo y lo condenó a siete años de cárcel. Desde entonces Ameer no tiene acceso a muchas cosas fundamentales en la vida. Las visitas familiares son escasas y limitadas a los familiares más cercanos: 45 minutos de entrevista a través de un cristal. No tiene acceso a internet y recibe solo alguna prensa previamente censurada. La fruta está cuantificada en 180gm./día y, a veces, sus cartas desaparecen sin que se sepa dónde van, quién las ha interceptado, por qué, qué se supone que ha dicho en ellas, si es que existe una razón más allá de la propia arbitrariedad y el dar a entender a los presos que están en manos de sus carceleros hasta en los más mínimos detalles. Los libros, por tanto, son droga dura para quien tiene tan pocas posibilidades de leer algo interesante y no forman parte de los derechos de un preso palestino en Israel. Simplemente, de la misma forma que Israel prohibe el acceso a la educación en las cárceles, leer libros puede ser “extremadamente” peligroso para los presos, puesto que también lo es para una persona libre: nada conveniente al poder.

Cuando compré el libro y decidí enviárselo, sabía que sería muy difícil que llegara, aunque me ilusionaba que pudiera leer sobre la historia de nuestro país. Lo sabía aunque no podía argumentar en base a qué este libro sería prohibido: ¿por el análisis histórico del problema de la tierra?, ¿por las formas de organizaciones anarquistas o socialistas antes de la guerra civil?, ¿por las formas de lucha?, ¿por la inocencia de muchos trabajadores que querían cambiar el mundo?, ¿por nuestra Guerra Civil? Algo encontrarían los israelíes, pensé, equivocadamente, pues, en realidad, basta con que sea un libro, no son necesarias otras razones, para que esté prohibida su entrada en la cárcel.

Al menos ahora tengo el libro de vuelta. Está en casa. Lo llené con su nombre por todas partes para que no se lo pudiera quedar el carcelero sin leer su nombre todos los días en el canto del libro. No había hecho eso desde que era una chiquilla con miedo a perder los libros del curso y lo recordaba como un típico gesto pueril. Pero no, tratándose de Israel volvemos a recursos absurdos para garantizar que, si algo desaparece o se roba, quien lo vea, sepa que ha sido robado. El pobre libro, lo dejé hecho un cuadro. Pero dentro, en lugar de una nota para Ameer, escribí una nota para el carcelero: “Este libro pertenece a  Ameer Makhoul, se lo envían sus amigos desde Málaga, con nuestro amor, resiste!”

 

 

 

 

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