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crucero-veneciaA pesar de la crisis, el capitalismo bestial que nos invade, tiene previsto que el número de turistas en el mundo siga creciendo. No hay que olvidar que un turismo de masas bien organizado deja bastantes réditos a los organizadores. La minimización de las visitas -tres días, tres ciudades, tres monumentos- de los contactos con la gente y la tangibilidad hace posible que un viaje relámpago te llene la cámara de imágenes y regreses a casa con los souvenirs, las postales, las imágenes y las experiencias que habías planificado de antemano. Nada se deja ahora al azar. Han desaparecido las moscas y los “raterillos” de las calles de Marruecos y, por otra parte, los fondos europeos se encargan de engalanar las ciudades del sur para hacer de ellas lo que el turista quiere, ni más ni menos. Túnez, el paraíso del turismo europeo, estalló con una revolución, pues algo iba mal más allá de los jazmines, las buganvillas o las casas encaladas con vivos colores. No son solo Marruecos, Túnez o Egipto los únicos países que presentaban una realidad virtual acorde con los relatos o las imágenes previas. y que se manifiesta con el toque justo de picante o de especias en la comida, el bullicio justo, itinerarios prefijados, escenarios orientalistas que no desilusionan y el tipismo de la gente a la que fotografiamos, a veces, sin el menor pudor. En todo el mundo las ciudades se transforman para dar cabida a los turistas como el nuevo maná y muchos habitantes de ciudades europeas son expulsados de ciudades en las que, cada día que pasa, se reconocen menos. En el Tercer Mundo, (que han querido llamar “Países en Desarrollo”, como si hubiera algún interés en su emancipación) no se pueden marchar los habitantes que se sienten abusados o excluidos por el turismo de su propia ciudad o aldea. Allí, además, el turismo exige no solo tipismo. Con frecuencia exige sexo. La pobreza deja a la intemperie a millones de menores en Asia, Africa o América Latina que son vendidos o explotados de forma cotidiana. Pero los adultos con hambre ¿hasta que punto acceden en igualdad de condiciones a esta trata de blancas encubierta? Ningún touroperador grande ha firmado el Código de Conducta que evite este tipo de turismo. No hay que poner coto a los negocios que, legales o ilegales, éticos o indecentes, fomentan y animan a viajar aunque sea a gente sin escrúpulos.

Pero hoy nadie está libre de sentirse espiado o vigilado o analizado en nuestras propias ciudades por una masa de turistas que desembarcan de autobuses, aviones o cruceros en busca de lo que le han vendido sin más. El ejemplo más despiadado de nuestro continente está en Venecia. Allí miles de ciudadanos se han levantado contra los grandes cruceros que anclan justo a la entrada de la Plaza de San Marcos para contemplar la ciudad como el escenario que han soñado ver. Ya no es necesario bajar, hablar con la gente, mezclarse con el murmullo de las calles, visitar los mercados o los palacios, ni siquiera gastar en un buen vino italiano sentados en una terraza: todo te lo da el crucero, un monstruo que hoy traslada más de 4.000 personas y les programan sus salidas y entradas, las visitas, el tiempo necesario para ver un templo, hurtándoles, por supuesto, la lentitud e intensidad necesaria para conocer una ciudad y una gente a la que se visita. Estos monstruos superan en altura a los edificios de la ciudad, las ventanas de las ciudades son vigiladas desde las ventanas del crucero. Superan también los monumentos, se cuelan en las plazas, y los altivos viajeros se ponen a la altura de cualquier hito histórico de la ciudad sin el rubor o la modestia que debería mostrar todo ser humano ante la historia y la vida de las ciudades, que es la historia y la vida de muchas generaciones.

En Venecia la campaña “No grande navi” solo pretende expulsar del Gran Canal a estos monstruos. No quieren acabar con el negocio, no cuestionan el modelo de turismo, solo quieren que se alejen lo suficiente para que no dañen la ciudad, no contaminen el aire y el agua y no destrocen su intimidad y su paisaje. Pero este simple objetivo, tan sensato y acrítico que lo apoya hasta la UNESCO, ha costado ya más de una batalla campal en el puerto de la ciudad y en el Gran Canal en las que los carabinieri, al servicio del poder, se aplican todo lo necesario para bloquear las protestas. Nada debe anteponerse a los deseos del gran capital.

Imagino que por las costas Haitianas esos mismos grandes cruceros contemplan desde las terrazas soleadas, las frescas piscinas o los camarotes bien orientados, no solo  la claridad profunda y turquesa del mar, sino también la miseria lejana que se acerca a las playas en busca de algún desecho de alimento, los barrios destrozados por el terremoto, los hospitales improvisados aún con tiendas de campaña y la desesperanza de la gente. Podría ser, porque muy cerca de Port Au Prince en la península de Labadee, en el mismo Haití,  los cruceros navegan cada día disfrutando de un paraíso y anclan junto a las playas que previamente se anuncian como privadas y aisladas, de manera que la miseria cercana no inoportune la postal que el turista profesional, que viaja sin despeinarse ni mezclarse con el mundo, quiere llevarse a casa. Un lugar donde nadie organizará una manifestación a pesar de la impudicia y desvergüenza que supone, porque la gente, tres años y medio después del terremoto, sigue esperando que el mundo se acuerde de que existen, más allá de sus playas de color turquesa y siguen empeñados en encontrar algo que comer, un techo que les acoja, un libro que leer, una escuela a la que asistir o un médico que les asista.

El turismo de masas irreflexivo y compulsivo, que ha destrozado nuestras costas, que ha modificado radicalmente nuestras ciudades, que ha expulsado a muchos ciudadanos que no desean vivir en lugares artificiosos, es un monstruo que se traga cualquier cosa que se le ponga por delante y ataca cualquier lugar sin cuestionar, por supuesto, las consecuencias que conlleva. En Venecia puede que los cruceros acaben horadando los frágiles cimientos de una ciudad única. En otros países son otros frágiles cimientos los que socaban: los de la dignidad y la autoestima de las personas que se tienen que vender a sí mismas para comer o que, tras alambradas, contemplan, impotentes, el lujo desmesurado y cruel de quien viene a disfrutar de su casa, excluyéndoles a ellos, no sólo de las aguas turquesas del mar, sino de cualquier posibilidad de coger alguna miga del pastel.

(en la imagen, un crucero a las puertas de Venecia)

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