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ImagenAndalucía es tierra conquistada, regalada por los reyes cristianos a los señores que, desde su caballo, luchaban con denuedo por el botín. Así, la tierra, símbolo del poder y de la riqueza absoluta en esos momentos, fue entregada en grandes lotes a los más arrojados y leales caballeros que, lejos de disfrutarlas, se acostumbraron pronto a vivir lejos de ellas reclamando los impuestos que se les debían a ellos, a los reyes y a la iglesia. Dice Gerald Brenan en su libro “El Laberinto Español” que hubo un Duque de Alba que bajó a conocer sus predios con camiones y tiendas de campaña como si fuera a un safari africano, hasta tal punto era el desconocimiento de su propia tierra. Y dice que, dado que las tierras eran tan extensas, muchas de linderos no eran cultivadas y permanecían agrestes y salvajes porque no podían vigilarlas, por lo que mucha tierra inculta, a veces de gran riqueza, permaneció durante siglos fuera del uso de señores o de campesinos.

Después, la desamortización de Mendizábal, hecha desde el poder, no sirvió para ayudar a los campesinos, sino para que la tierra y sus bienes: molinos, hornos, etc., siguieran concentradas en las manos de unos pocos, pues el poder, ya lo sabemos, nunca hace revoluciones. Y que estos pocos nuevos ricos rápidamente se acostumbraron a las formas antiguas de dominio de la tierra: mano de obra esclava que trabajaba – cuando lo hacía – de sol a sol y con el único fin de obtener riquezas que no redundaban en la mejora de la tierra, ni en los que la trabajaban, sino únicamente en un lejano señor que vivía con ostentación mucho más allá de Despeñaperros. Nada de esto cambió a lo largo de los siglos, incluido el XX, con la negritud de una dictadura impuesta por los terratenientes, entre otros.

Andalucía ha sido siempre, un modo de vida: dinero fácil a costa de la explotación de los más pobres, a los que siempre se ha despreciado; mendicidad como forma de vida ante la concentración absoluta de los bienes de producción y sobre todo, alejamiento de ella y de su realidad desde cualquier punto de poder.

Hoy sigue siendo igual.

Cuando hablan de productividad de los trabajadores a mi me suele dar la risa, por no decir que me tiro de los pelos. Porque la productividad está relacionada con la eficacia de elegir a los mejores para cada uno de los puestos, en modernizar la administración y las estructuras de poder y en democratizar la toma de decisiones. La productitivad no es algo de lo que tengan que dar cuenta los trabajadores, sino esa absurda caterva del poder que, como sus antepasados que se hicieron con los bienes desamortizados, se han acostumbrados a vivir en el alejamiento que proporciona pasear siempre por la alfombra roja, vivir en un despacho, rodearse de aduladores, y pasear con policía, por si acaso se te acerca un escrache.

A mi me duele la imagen de vagos que tenemos en Andalucía porque es una imagen alimentada por un poder incapaz de dar respuestas a un pueblo tan capaz como el que más. Al poder le interesa esa imagen de charanga y pandereta. Por supuesto ningún político se pierde el Rocío, las ferias, o cualquiera que sea la fiesta del momento. Y les interesa que se nos vean como gente ociosa y feliz, porque así se eximen ellos de la culpa primigenia de ser incapaces de sacar esta tierra adelante.

Yo lo que quiero dejar por escrito es que hoy como ayer, el dueño del cortijo no atiende las necesidades del mismo, ni de la gente que vive en él. Que tenemos una administración prehistórica, con sistemas informáticos obsoletos y donde el desprecio por la democratización, la participación y la optimización de los recursos es un hecho cotidiano. Que cuando trabajadores de algún sector afectado, como los despedidos de ISOFOTON, aparecen, la delegada provincial llama a la policía autonómica, como antes los terratenientes llamaban a la guardia civil ante un grupo de jornaleros que pedían un jornal, un poco de trabajo, poder hacer la “rebusca” después de las cosechas, o cazar conejos en las tierras abandonadas.

El tiempo cambia las imágenes de las personas. El terrateniente no va con botas camperas, sino con zapatos finos. Y los trabajadores ya no se presentan harapientos, sino decentemente vestidos. Pero el contexto es el mismo, porque en este país nunca se han repartido los bienes de producción, porque la riqueza se sigue acumulando en las manos de unos pocos, porque nunca se ha hecho una revolución y por tanto, seguimos sin tener ni voz ni voto en el reparto de los bienes. Y lo que diferencia Andalucía de otras autonomías es la absoluta concentración del poder y de los bienes, la ausencia de una clase media estable y con poder, el tratamiento latifundista de los bienes y de los que los trabajan, porque de no haber sido así, no se habría recurrido al PER, una forma de atar a los trabajadores a una tierra cuyos amos los siguen despreciando, por unos jornales: el silencio. Por unos jornales: el voto. Por unos jornales: las migajas. Se habría hecho una Reforma Agraria en condiciones y en estos momentos, la gente con algo más de poder en sus manos, seguramente hubiera sido capaz de hacer grandes cosas, incluso autogobernarse, quitando a esta panda de cortijeros que gobiernan desde hace treinta años esta tierra sin la más mínima intención de profundizar en estrategias democratizadoras y participativas. Franco no lo hubiera hecho mejor.

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Un pensamiento en “Absentismo y productividad

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