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DSC08054Podría ser la imagen y el resultado de una historia trágica, de esas que pueblan los mares de Gaza: un barco militar o un helicóptero apache; un bombardeo inesperado, un ataque que alcanza a los pescadores, la sangre y las heridas. El pescador, que perdió el zapato, dejó la barca justo en la orilla y a su lado el remo con el que maneja esta pequeñísima embarcación de pesca. Una bala, como lanzada desde el mismo cielo, le dio en el hombro mientras faenaba y le quebró el aliento. Ya al atardecer, nadie había venido a alejar la barca de la orilla ni a recoger los aperos, y se los  podría llevar el mar con el golpe de una ola o al subir la marea. El cielo y el mar, en densa calma, arranca dorados a la tarde, mientras contemplamos la barca sola, el zapato solo, el remo sobre la arena.

Pero también la historia podría ser otra: podría ser que una llamada hubiera interrumpido la faena, que, al “Jawwal”, siempre presente en los bolsillos palestinos, alguien le llamara para decirle al pescador que por fin había nacido su hijo, que se apresurara a la casa y que la madre y el niño están bien. Y mientras las olas se inician en el cortejo que seduce a la barca a llevarla al interior, el hombre, que no lleva ninguna herida esta vez en el cuerpo, y que no se ha dado cuenta de que perdió su zapato, abraza a su hijo embelesado en este dulce atardecer de Gaza.

Porque las historias palestinas no siempre han de ser terribles.

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