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Mohammed ShurrafQuiero escribir sobre Mohamed al-Shurraf, un campesino, un hombre corriente que conocí en diciembre de 2011, y que me impresionó por la profundidad y la dignidad de su dolor; por sus ojos siempre acuosos, como si las lágrimas no le llegaran a abandonar nunca; por voz suave pero contundente y por un gesto de dignidad imponente. Hoy escribo para él, que está en los cielos; para sus hijos asesinados por los israelíes, que también están en los cielos; y para su mujer, enloquecida, que sigue vagando por el infierno de las calles de Khan Yunes, en Gaza, buscando a sus muertos, olvidada de que fue, también, testigo de su horrible asesinato.

Un día, Mohammad había ido a sus tierras al sur este de Gaza, era durante la operación “Plomo Fundido”. Fue a dar de comer a sus animales, a ver a sus abejas, a recoger miel, a ver las cosechas. Fue al campo a lo que van los campesinos, a intentar salvar el barco del hundimiento de la operación militar israelí. De regreso, un tanque y unos militares israelíes les pararon. El padre y los dos hijos en el coche. El coche acribillado, los tres acribillados. Nadie les preguntó siquiera si iban armados. Nadie les dió tiempo a que dijeran que venían del campo de recoger miel o naranjas. Mohammed recibió varios disparos, pero no llegó a perder la conciencia y vio morir a uno de sus hijos de inmediato y al otro le vio desangrarse hasta la muerte durante las 24 horas más largas de su vida durante las cuales el ejército les mantuvo aislados del resto del mundo, en el suelo, en medio de los caminos, en ninguna parte. La voz se corrió como siempre lo ha hecho, pues no le permitieron a Mohammad llamar a una ambulancia por su móvil;  y al lugar llegó la madre y llegó una ambulancia y llegaron muchas personas que les pedían a los soldados piedad. La Cruz Roja Internacional no pudo hacer nada. La impunidad de Israel va de sobrada y se daba por supuesta. la vida del hijo de Mohammad se iba yendo y se fue, en el suelo, en ninguna parte, en un cruce de caminos que no viene más que en los mapas de los militares israelíes, lugares señalados como “apropiados para emboscadas” o “especiales para matar con impunidad”, lugares que conocen los campesinos, los pastores, los jornaleros por sus baches en el camino, por las huellas oscuras y aberrantes de los tanques, por los árboles arrancados, por las chumberas aplastadas o por el olor penetrante y siempre presente del miedo y la muerte. Cuando conocí a Mohammad él ya vivía solo en el campo y desde la ventana de su casa se veía perfectamente la torreta militar donde los ocupantes asesinos se escondían para observar, espiar, seguir y asesinar. Con él vimos la prensa que dos años antes publicaba el asesinato de sus hijos, su propia foto, el lugar, el coche destrozado. Vimos la casa, la torre militar y después, bajando la escalera exterior fuimos a ver los corrales que aún quedaban, las ovejas, las gallinas y las plantas, naranjas, limones, maramiya, tomillos, puerros, cebollas… y vimos los panales de las abejas. Por el camino me explicaba con la mirada perdida en un punto incierto de su dolor, cómo iba superando cada día que pasaba su soledad y su dolor y cómo, por intentar sobrevivir, se había vuelto a su casa, aislado del siempre presente drama y dolor de los demás. El caso de Mohammad estaba en los tribunales israelíes, algo así como un saco sin fondo donde van a parar todas las demandas palestinas. Cuando le visité le prometí que iría a verle de nuevo y que su caso lo traeríamos ante la justicia española porque tiene familia aquí. Hoy me he enterado que murió el 18 de septiembre, que ya no puedo hacer otra cosa más que trabajar para que esto no vuelva a ocurrir. Y habrá un día que no tenga que poner un posts tan cargado de amargura y dolor como el de hoy. Mohammad, que veo tu mirada y comprendo que tanto dolor era imposible llevar en vida y que por eso te has muerto. Que el dios del “pueblo elegido” – ese mito tan medieval como inmoral –  les abandone de una vez. Que ya no son parias, sino asesinos.

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