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Artículo: La vuelta a la Cristiandad
Autor: Francisco Bejarano (Publicado en el Diario de Jerez)

Hace hoy 741 años que las tropas de Alfonso X el Sabio reconquistaron Jerez definitivamente para la Cristiandad, después de 553 de ocupación por la morisma y, lo peor de todo, por las intolerantes sectas de almohades y almorávides que arruinaron España y acabaron con los restos de cristianismo que el efímero califato había consentido. Los musulmanes fueron expulsados en masa de la ciudad, excepto los “moros del Rey”, en realidad colaboracionistas. Debido a la desconfianza que inspiraban a la población cristiana con la frontera de los infieles tan cerca, a finales del siglo XIII no había en Jerez ni un solo moro y las casas de la ciudad y las tierras de su alfoz habían sido repartidas entre cristianos, nuestros antepasados verdaderos. Antonio Domínguez Ortiz lo repitió hasta cansarse: “Somos descendientes de gente del norte. Andalucía nunca más será musulmana”. Lo primero no tiene vuelta atrás y en lo segundo confiamos. Si pensáramos con detenimiento en lo que significaría pertenecer al islam hoy, se nos erizarían los pelos de horror.

En realidad Jerez fue reconquistada unos años antes por san Fernando, padre del Sabio, pero no teniendo con quien repoblarla, quedó como ciudad vasalla con una guarnición cristiana en el alcázar y la población musulmana que ya tenía. Traidores y taimados, se rebelaron los moros contra la guarnición cristiana incumpliendo los pactos. El rey Alfonso indignado por la falta de respeto hacia su padre, puso cerco a la ciudad y no descansó hasta verla rendida y despoblada. Nunca se había visto una invasión extranjera de España que dejara menos vínculos con el invadido: ni la lengua, ni la religión, ni las costumbres, ni el vestido, ni ninguna de las artes. Lo que queda en pie del arte musulmán, aunque tenga sus excepciones, es poco, pobre y está falseado por manos cristianas o es falso por completo, y lo que muchos toman por arte musulmán es cristiano: el mudéjar. Del turrón y de los pestiños nadie tiene conciencia de que tengan origen morisco, si es que lo tienen; y las palabras de origen árabe están casi todas en desuso y tienen morfología latina.

Durante un breve tiempo fueron el exotismo oriental al alcance de la mano. La morería del norte de África nos cayó simpática, hasta que la visitamos para no volver, nos enteramos de las degollinas de Argelia y tuvimos noticias de regímenes como el de los talibanes. El gran fin de fiesta, y comienzo de otra, de las Torres Gemelas de Nueva York ardiendo y desplomándose nos hizo ver hasta qué extremos puede llevar la miseria moral de los dirigentes islamistas y la ignorancia de sus seguidores. Alfonso X nos trajo una Europa caballeresca todavía que acababa de inventar la maravilla del gótico e iba camino del Renacimiento y del Humanismo, y de la formación de la nación española dentro de la Romanidad y su sistema de pensamiento. Por eso hoy es fiesta para los jerezanos, que se debía celebrar más para resaltar de la que nos libramos con la reconquista.

Contestación: Cristina Ruiz Cortina Sierra (yo)

Artículo: Contra la intolerancia y la ignorancia (no conseguí publicarlo en el Diario de Jerez)

Ha caído en mis manos hace unos días un artículo publicado el pasado mes de octubre por Francisco Bejarano en el Diario de Jerez denominado: “La Vuelta a la Cristiandad”. Deseo contestar al mismo ya que estimo que está plagado de argumentos confusos y tendenciosos, con los que pretende llevarnos a una extraña conclusión: la necesidad de conmemorar y celebrar la fiesta de la Toma de la ciudad de Jerez por los reyes cristianos y la derrota y expulsión de sus antiguos pobladores llamados por él despectivamente “la morisma”. Quería en primer lugar hacer la reflexión sobre lo poco cristiano que es su recomendación ya que lo cristiano sería tender la mano, celebrar la convivencia y la diferencia y no alentar ánimos de desconfianza y temor que más recuerdan a la inquisición. A ello suma argumentos plagados de enormes errores históricos, geográficos y étnicos. Sus párrafos están tan llenos de expresiones tan miserablemente descalificadoras que son obviamente racistas. En la forma y en el fondo el artículo no tiene ningún desperdicio. Una joya, lamentablemente, para un poeta.

Dice el autor “nunca se ha visto una invasión extranjera de España que dejara menos vínculos con el invadido: ni la lengua, ni la religión, ni las costumbres, ni el vestido, ni ninguna de las artes”, para acabar diciendo que “las palabras de origen árabe están casi todas en desuso”. Lamento que nuestro poeta desconozca que hay más de 3500 palabras que se utilizan habitualmente en nuestro castellano coloquial. Es más, creo que no es cierto que desconozca que palabras tan actuales como alcalde, azúcar, aceite, acequia, albañil, albóndigas, alcachofas, algodón, álgebra, alcantarilla, cifra, escabeche, tabique, arrabal, barrio, gandul, fulano, jarra, asesino, arroz, aduana, baladí, zoco, berenjena, zanahoria, sandía… y hasta olé, sean palabras de origen árabe.

Dudo que las desconozca o que nunca las haya utilizado en sus poemas o en su vida cotidiana palabras como jazmín, almohada, carcajada, alborozo, alfombra, almanaque o alféizar. Me extraña que un poeta desconozca no sólo estas palabras tan ligadas a la prosa andaluza, sino que desconozca su origen, porque conociendo su origen es como se le puede dar el sentido exacto a cada una de ellas. 3.500 palabras de nuestra vida cotidiana, no en desuso, que se pueden utilizar también para la poesía y la prosa poética pues, no obstante, muchas de ellas han sido consideradas de las más bellas del castellano: alborozo, jacaranda, ámbar, azabache, nenúfar, ojalá…

Es probable que él no utilice la palabra ajonjolí, alubia o azafrán, pues no es cocinero; que no utilice el álgebra ni las cifras, pues no es matemático; que nunca pase por la aduana, pues vive en Jerez y no en Málaga ni en Cádiz; que no goce de los altramuces, el almíbar, los alfajores o el azúcar, pues ya no es un niño; que nunca haya hablado con un alcalde, pues en Jerez ahora hay Alcaldesa; que desconozca el algodón, las acequias, las acelgas, los azudes, las acémilas, la fanega o los jaramagos, por que no es un campesino;

Que no sepa lo que es un tabique, un azulejo o un adoquín, porque no es un albañil.
Ni las almadrabas y los atunes, porque no es pescador. Quizás no juegue al ajedrez, y por eso no sabe que jaque también es palabra árabe. Pero es muy triste que un poeta desconozca el hondo sentido de la palabra alborozo, o la emoción de escuchar las carcajadas de los niños. Me alegro si nunca sufrió una caravana en un fin de semana de verano; pero es mezquino si no ha soñado nunca utilizando la palabra “ojalá” que hace mención a los deseos divinos. Es difícil que en la ciudad de las azoteas nunca se haya asomado a ver el atardecer a una de ellas. Y lamento que nunca se haya emocionado con el olor de los jazmines, o el tacto de los arrayanes en los arriates andaluces o que no haya descubierto la belleza profunda del azabache o el color azul. Sobre todo ello, lamento que desconozca la palabra rima, que es de origen árabe, pues aquí no hay excusas: él es poeta.

Si dejamos las palabras nos encontramos en una tierra con uno de los patrimonios de la época musulmana más ricos de toda España y de Europa, pues qué es si no la ciudad de Córdoba en sí misma “Patrimonio de la Humanidad” y a quién les deben su patrimonio fundamental ciudades como Sevilla, Granada, Málaga, Jaén o la misma Córdoba. ¿No son acaso la Mezquita y la Alhambra dos de los monumentos más visitados y admirados de España y, por supuesto, los dos principales de Andalucía? ¿Qué tiene de cristiana La Alhambra si fue abandonada tras la conquista de la ciudad y se convirtió en refugio de maleantes, prostitutas y truhanes hasta que Washington Irving la descubrió en el siglo XIX? ¿Son acaso pobres y falseados estos monumentos? ¿son engañados, pues, los turistas que la visitan? Nuestras ciudades están en su corazón tramadas por un plano de origen árabe que las hace laberíntica y seductoras; aquellos árabes andaluces dieron nombre a los arrabales, las barbacanas, las alcantarillas, los alcázares. Las calles frescas y sombrías en el verano son aquéllas que perduran de la época en que se practicaba la ecología y la eficiencia energética sin saberlo. la Giralda tiene una hermana en Marruecos; Sierra Nevada está aún plagada de aljibes. azudes, y acequias de regadío tan eficaces, que hasta hace poco tiempo han servido a la población. Nuestro territorio está plagado de recuerdos y de nostalgias.

No son baladíes sus argumentos pues lo que buscan son la confusión y el desprecio de un patrimonio muy andaluz y del que todos los andaluces deberíamos de estar orgullosos sin excepción, no sólo el patrimonio artístico o monumental, sino nuestro patrimonio culinario – en el que no voy a insistir por obvio – , nuestro léxico, nuestra cultura, nuestra propia sangre. Somos, a pesar de su pesimismo y desprecio, una tierra soñada por muchos poetas y pueblos y tenemos el privilegio de gozar de ella día a día. A ello han contribuido todos los pueblos que aquí vivieron o por aquí pasaron. Excepto los americanos que destrozaron las playas y las ricas huertas de Rota y utilizan las bases para sembrar la muerte y las guerras en el planeta.

Quiero insistir en otro argumento que marca la línea de su artículo: la confusión, la desconfianza y el miedo. No es científico hablar de “futuribles”. ¿Qué hubiera pasado si no hubieran sido expulsados los musulmanes españoles de éste, su país? Probablemente cualquier ejemplo sería vano y estúpido, pues Al-Andalus fue una singularidad en la historia de Europa, fue un lugar de encuentro de conocimientos, lenguas y distintas sabidurías y tradiciones. Fue, por tanto, un lugar también de enfrentamientos, pero fue un lugar singular. No es posible imaginar qué hubiera ocurrido. Tras 800 años, de Andalucía se expulsaron a los andaluces, de la misma manera que se expulsaría a americanos de Norteamérica, si se decidiera expulsar a los irlandeses que emigraron allí hace 200 años huyendo del hambre de Europa.

Tras su expulsión y la de los judíos, no vino más que una de tantas épocas negras de la historia de España. Puedo citar al mismo autor que usted, Antonio Domínguez Ortiz, o al catedrático de Salamanca (que por cierto fue profesor mío) Manuel Fernández Álvarez. Los guerreros castellanos que nos colonizaron nada sabían de oficios, conocían las armas pero no los arados. A la historia me remito. Andalucía se hundió. Lea a historiadores, no a “aficionados” de la universidad de Georgetown.

En su verborrea fácil e ignorante, crea desconcierto y desasosiego, y lo mismo le da hablar de “la morisma” andaluza de hace 500 años, que de los talibanes de Afganistán, obviando el hecho de que en ese país hay pastunes, uzbecos, tayicos, hazaras, nuristanis, turcomanos, y otras minorías y ninguna de ellas es “mora” (extraño e impreciso gentilicio), ni tampoco árabe, dado que estas étnias son de origen centroasiático y mongoles llegados allí con Gengis Khan. La confusión ha de ser intencionada, pues dudo que exista tanta ignorancia en quien tantos libros ha escrito. Es una confusión intencionada porque es racista en su fondo y en su superficie, y el racismo es una opción política: hay que desconfiar de lo distinto, pues es la barbarie, la ruina y hasta la intolerancia (según manifiesta el poeta en su artículo), sin darse cuenta de qué oscuros y siniestros sentimientos pretende alimentar y con cuánto desprecio se refiere a pueblos que, para un cristiano, que celebra la cristiandad, han debido ser también creados por Dios. Más bien su cristianismo está relacionado con el de Bush, que utiliza a Dios para sus fines, y bastante menos con el que, habiendo crecido en el respeto a sus principios, es capaz de sentir piedad, solidaridad, amor, generosidad y admiración hacia otros pueblos y hacia otras gentes. Si no lo hacemos así, muy cerca estamos de alimentar en nuestras entrañas los odios misóginos y destructivos de los integristas talibanes y muy lejos, muy lejos de ese Alfonso X al que llamaron por algo “el Sabio”, quizás por su tolerancia, quizás por su respeto a otras culturas, quizás por su amor al conocimiento. De hecho lo que más se conoce de él, además de sus hermosas Cantigas, es la Escuela de Traductores de Toledo. Verdadera cuna de la ciencia y del conocimiento que, posteriormente, impulsaría al Renacimiento Europeo. Comparto, esto sí, con usted, su admiración y respeto por el sabio rey.

No despreciemos nuestro patrimonio ni nuestra historia. Vivimos en una tierra hermosa y privilegiada. Aquí florecen cada primavera e incluso en el invierno, hermosos arriates de jazmines. Y su obligación, desde la privilegiada “azotea” que le otorga el Diario de Jerez, no es sembrar de estereotipos y prejuicios, y el miedo medieval al “otro”, sino apostar por el respeto y la convivencia y por la cooperación en distintos planos para ayudar a sobrepasar la enorme grieta de subdesarrollo, pobreza y falta de democracia en la que están sumidos muchos de los países árabes y del tercer mundo y que son la verdadera fuente de los desequilibrios y la desesperación de estos pueblos. Para ayudar también a sus mujeres a salir del ostracismo misógino del velo y el burka y luchar por su integración. La miseria moral de dirigentes y terroristas que llevó a los ataques milenarios no debe mezclarse con la generalidad de más de mil millones de musulmanes, dignos seres humanos, (solo que pobres la mayor parte de ellos), de la misma manera que no deseo que se me confunda con el cristianismo intolerante y belicista de Bush y sus compinches de las Azores. No debe ser este un siglo para celebrar triunfos y derrotas sino para trabajar por la concordia y la convivencia. Y para mirar al futuro con dignidad y optimismo estratégico.

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