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Durante varias décadas, pequeñas librerías locales dirigidas por gente comprometida y valiente, aseguraron que una parte de nuestra libertad quedara garantizada: la libertad de pensamiento, de lectura o de hablar de la esperanza, en la trastienda escondida de ellas. A ellas les debemos una parte de lo que somos y una parte sustancial de los derechos que hemos conseguido. Los libros nos organizan el pensamiento, nos arman con nuevos argumentos, y perspectivas y nos ayudan a sentirnos menos solos en este mundo. Proteo es una de estas librerías que deberíamos “amadrinar” no solo en reconocimiento de su constante compromiso con el mundo en que vivimos, sino porque, precisamente por eso nos ayudan a salvarnos.

“Un librero en apuros” cuenta la historia de la librería desde su apertura en los oscuros años sesenta. Cuando yo les conocí, los reconocí y me reconocí en el compromiso mutuo por un mundo mejor, por la ecología, por la emancipación de los pueblos.
Hoy muchos de nosotros hemos optado por un lector digital de libros de alquiler, una herramienta diabólica que parece propia de Orwell y que seguramente no solo toma buena nota de lo que lee cada uno en su “terminal” sino que, al final, tendrá el perfil ideológico, el nivel mental, los gustos y la capacidad de rebeldía de cada una de las personas que los usen.  Yo quiero mis libros, con sus verdades, hayan sido escritas hoy o hace cientos de años. En “1984” de Orwell podemos leer que “también los libros eran recogidos y reescritos muchas veces y cuando se volvían a editar no se confesaba que se hubiera introducido modificación alguna” La reescritura de los libros garantizaba que la población estuviera dirigida, engañada, atada, desesperanzada, acabada, cerrada, adormecida, atormentada o aterrorizada. Para eso se cambiaban los datos, desaparecían personajes reales o ficticios, se cambiaban las estadísticas, etc.
En la actualidad estamos en la fase de “enganche” al libro digital. Pero otra parte de la población, por comodidad, se abona a las grandes superficies, enemigas del comercio local. A la postre ¿Qué nos quedará de libertad? Si analizamos los libros de una gran superficie dedicada a libros, música y tecnologías que hay en esta ciudad, es verdad que con total garantía encuentras el bestseller que todo el mundo está leyendo. Pero ¿encuentras de verdad lo que quieres? Yo no. En primer lugar porque cuando voy a una librería no siempre sé lo que quiero. Es decir, yo necesito que me ayude mi librero, que me sugieran libros, que sepa de qué estoy hablando. En segundo lugar porque no suelen tener libros si no entran dentro de la demanda habitual. En tercer lugar porque si no hay oferta para mis intereses, no “descubro” nada nuevo en sus estantes. Hay, que dar por sentado, además que estas grandes superficies jamás tendrán una trastienda donde puedas encontrar libros prohibidos por el régimen de turno. No son mi modelo.
Quien compra un libro electrónico debe saber que parte de su libertad estará comprometida. En primer lugar porque aplicarán la obsolescencia programada, para que tengas que gastarte una pasta, no en literatura, sino en un soporte electrónico con distintas funciones. Es decir, que si quieres releer El Quijote, será una suerte si no tienes que pagar cada vez por ello. En segundo lugar porque no te venden libros, sino que te los alquilan y en tercer lugar porque en cualquier momento te pueden borrar contenidos si “alguien” en alguna parte considera que no has pagado por ello suficientemente o que no es una edición correcta.
Yo guardo en casa libros que fueron de mis padres y de mis abuelos. Me gusta leer las mismas letras que ellos han leído y sentir la textura de seda en la que se están convirtiendo las páginas tantas veces pasadas.
Si imaginamos – y hoy es muy fácil hacerlo – un mundo Orwelliano donde las personas solo puedan leer lo que les permitan las terminales digitales, a mi solo me queda una posibilidad de escape: buscar, de nuevo, la trastienda de Proteo, ese hermoso lugar que nos sigue garantizando la parte de la libertad que encontramos en la lectura de los buenos libros y en la complicidad ética de los libreros. Y es que a nuestros libreros locales les debemos mucho.
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